La
visión de los vencidos
En días
pasados, releyendo por enésima vez, el importantísimo libro del doctor, que no
médico, Miguel León Portilla, La visión
de los vencidos, editado por la UNAM, y al ir avanzando en la lectura se me
ocurrió hacer una somera descripción de los hechos pero de una manera poco
ortodoxa y hasta cierto punto, en broma. Lo que en un principio pensé que sería
un solo comentario, se fue convirtiendo en un breve texto sobre la conquista de
la ciudad de México, gracias a las peticiones de quienes estuvieron pendientes
de leer dicho material.
He aquí
entonces, las nueve entregas de que constó este ejercicio en un sólo texto, al
cual se le hicieron muy mínimos, pero mínimos cambios. El material arranca en el momento
en que Cortés y sus huestes observan el Valle de México desde el Paso que lleva
su nombre. Usted bien puede imaginárselo porqué hay una vista parecida cuando
se viene bajando de Río Frío, en la autopista Puebla-México. Es impresionante y
seguramente más para alguien que, en todo su camino, había visto muy pocas
ciudades mesoamericanas y ninguna como la Gran ciudad de Mexico-Tenochtitla.
1.- Y he aquí que los españoles, en lo alto de
la sierra del ahora llamado Paso de Cortés, se admiran de la gran cantidad de
poblaciones que adornan el Valle de México. Algunos sacatones opinan que hay
que regresar a Tlaxcala para volver con refuerzos. Cortés opina lo contrario y
entonces su buena estrella se manifiesta en la persona de Ixtlilxóchitl, el
primer pusilánime que se convirtió al cristianismo y que era hermano de
Cacamatzin, señor de Tezcoco (Ambos sobrinos de Moctezuma). Así pues, el
metiche invita a al europeo a ir a Tezcoco en lugar de que lleguen directamente
a Iztapalapa donde ya los alucinaba un
encabronadísimo Cuitláhuac.
2.- Es
entonces, ahí en Tezcoco, que el pusilánime de Ixtlilxóchitl (a quien su madre
le dijo que debió haber perdido el juicio, porque luego, luego le había dado
las nachas a unos bárbaros como eran los cristianos). Como buen ladino, se dejó
bautizar con el nombre de Hernando ¿igualito al de quién creen? Pus si, el del
mismísimo y modestísimo señor Cortés, inaugurando así una larga historia de
mediatización religiosa que lo mismo utilizó la espada que la cruz para
mantener a sus fieles criaturitas del señor en el redil y explotarlas a gusto.
Mientras tanto, Moctezuma tenia una Tirish tá* que no se la quitaba ni con
Melox, por la proximidad de sus verdugos.
3.-
Finalmente, este mismo cabecilla, el tal Ixtlilxóchitl, casi casi se convierte
también en el primer príncipe matricida de la conquista, pues al no aceptar su
madre la mamad... esa del bautizo, se le hizo fácil prenderle fuego a la casa
de la progenitora, disque por celo cristiano, pues la ruca vivía rodeada de
ídolos a los que adoraba. Después de ese pinche susto, la ruquita, como
presunto culpable frente a los judiciales, firmó y juró por la cruz, la
estrella de David, la Media luna musulmana o lo que le pusieran enfrente. Así
se las gastaban los cristianos y conquistadores para ganar almas para la
iglesia. Dignos súbditos de un rey de España que ni siquiera sabía hablar
español.
4.-
Bueeeeeno. Ya quedamos que el Barbón de Medellín iba hacia México. Así que,
nada güey, se va por lo orillita, por Chalco, evade Iztapalapa y le cae al
"temblores" Moctezuma, ahí en lo que es la Calzada de San Antonio
Abad, se encuentran ambos personajes. Casi podríamos decir que los dos se
sentaron a esperar el Metro para que los llevara a la estación Zócalo y así iniciar el dramocles que se avecinaba (seguramente,
el emperador mexica se ha de haber preguntado ¿Y será que en los cielos no hay
agua para bañarse que estos dioses apestan puta madre?).
Ya entrados en calor, seguramente el Emperador los invitó cordialmente a su
humilde choza y luego, luego, los españoles a enseñar el cobre, buscando el
oro. O como diría mi abuelita, "a lo que te truje chencha" (aquí debo
aclarar que a mi no me consta que ya para esas fechas viviera la tal señora
chencha). Así que primero, a desvalijar el tesoro de la ciudad que no de la
nación, porque aún no se habían inventado ni el PAN ni el PRI y, pus ya encarrilados,
a darle baje al tesoro personal del "calambres" Motecuhzoma**, el
cual ni pío dijo. Es más, ni pá las tortillas pidió.
El Caso es que en esas andaban cuando le vinieron corriendo a avisar. No, no a
Juan Charrasqueado, sino al tal Cortés. Que ahí venía un tal Pánfilo de
Narváez, que no me acurdo de su segundo apellido ¿era Fox, era Calderón? por
más que trato de hacer memoria no lo recuerdo, lo que si no se me olvida es que
era el típico Pendejo con iniciativa.
Si hubo un tarado con el santo de espaldas, ese fue Pánfilo de Narváez, cuya
máxima hazaña fue la matanza de Caonao, en Cuba, donde masacró sin motivo
aparente a los indios que se le acercaron a ¡Ofrecerle comida!
Así las cosas, el tal Narváez iba con órdenes de regresar a Cortés encadenado a
Cuba y el que llegó a la isla fue el tontín este, sin Cortés, sin soldados y
sin vergüenza.
5. Mientras
tanto, en Mexico (¿Eeeeeh, se fijaron que va sin acento?) el hermoso Tonatiu
(el sol, en náhuatl), es decir el mal llamado Pedro de Alvarado, iba a hacer de
las suyas durante la fiesta de Toxcatl, en honor al dios patrono de los
mexicanos: el Colibrí zurdo. Si, ustedes lo conocen bien, lo pronuncian mejor, ¿no?
Digo, ustedes hablan más fluido el náhuatl, el maya o el zapoteco, mejor que el
inglés, ¿no? ustedes, grandes defensores de nuestro pasado indígena que no
andan buscando dioses exóticos o filosofías orientales, pues les basta el
pensamiento de nuestros ancestros. Pero por si algún gringo despistado anda
leyendo esto, le diremos que nos referimos al señor Huit-zi-lo-poch-tli. A ver
niños, repitan conmigo: Huitzilopochtli, eso, así me gusta que dominen la
lengua mexica.
Bueno, el caso es que este grandísimo hijo de pu... progenitora, le dio el
síndrome Narváez y organizó tremenda masacre en el Templo mayor, durante la
única fiesta donde los mexicanos se dedicaban sólo a bailar y a cantar; la
única fecha donde las armas no se mostraban. ¿La razón? A mi muy humilde
entendimiento, fue de nueva cuenta la locura por el oro. Había que obtenerlo de
donde fuera, como fuera, porque mientras unos descuartizaban paganos, otros se
dedicaron a buscar y rebuscar las lágrimas del sol.
Cuando los mexicanos reaccionan (recordemos que se trata de un pueblo guerrero,
es decir que su actividad principal es la guerra), ni las patitas se les vieron
a los peninsulares y corrieron rápidamente a refugiarse en el palacio de
Moctezuma.
Ahí tratan de sacar la enorme metida de pata y obligan al príncipe tlatelolca,
Itzcuauhtzin, a pregonar que los habitantes de la ciudad recibirán, en breve, un
mensaje de sus patrocinadores: Funerarias Alvarado y Moctezuma S.A.
6.-
¡Ellos lo mataron, ellos lo mataron! pero se murió solito. Esa es la conclusión
en la que están metidos los más sesudos investigadores del tema bautizado:
"¿Quién mato a Moctezuma II?". Es decir, que igualito que las
autoridades judiciales actuales, se les hace bolas la investigación cuando se
trata de inculpar a un criminal poderoso. Actualmente nadie sabe de qué se
murió Moctezuma, ni cómo (Si les interesa el tema, hay un artículo muy
interesante sobre esto en la edición de Noviembre -Diciembre del 2011, en la
revista Arqueología Mexicana, donde se darán cuenta que todos siguen hechos
camote con el tema), y creo que ni Sherlock Holmes la libraba.
En fin el caso es que se echan al Moctezuma que, finalmente, dejó de temblar. Regresa
Cortés y se encuentra con la novedad de que ya la cajetearon, pues: a) están
atrapados en el centro de la ciudad; b) ya no pueden recibir alimentos ni ayuda
del exterior, pues a los que se atreven a socorrerlos, los guerreros mexicanos
les aplican la justicia revolucionaria y; c) ya no tienen rehenes con los
cuales negociar, pues por un lado ellos mismos ya se los echaron al plato y;
por el otro, los mexicanos (estos si bastante avispados y no como otros
mexicanos que conozco, que cada seis años se la tragan enterita) ya no
confiaban en sus gobernantes.
Así que el valiente de Cortés, sus hombres y la bandota que se cargaba de
achichincles tlaxcaltecas (no seamos tan
injustos con estos guerreros, digamos...la carne de cañón tlaxcalteca), tratan
de escabullirse hacia los rumbos de Tacuba, pero son descubiertos por una mujer
que, muy responsable la señora, fue a buscar agua en plena madrugada y con
llovizna, para hacerle su atolito a sus hijos, muy temprano en la mañana, para
que tuvieran mucha enjundia y fueran alegremente a partirle su mandarina a esos
güeros apestosos, asesinos de inocentes.
Y salen los guerreros tenochcas y tlatelolcas de todos los rincones cual
mariposas monarcas en migración (¡ay que bonita imagen! hasta parece guion de
National Geographic) y se arma, hasta ese momento, la madriza más grande en la
historia de la gran ciudad de Mexico-Tenochtitlan.
Muchos españoles mueren, no sólo a manos de los mexicanos, sino por su absurda
ambición, pues muchos de ellos habían fundido su parte del botín en los
llamados Tejos de oro, es decir, en pequeñas barras de oro que se amoldaban al
cuerpo, se sujetaban de muy diversas formas y podían acompañar a su poseedor
hasta al mismísimo baño, si era necesario.
Pero a veces, se nos olvida que la materia tiene un peso específico y si le
sumas muchos de estos pesos específicos y sumerges un cuerpo cargado de estos
en el agua, el resultado es un interesante fenómeno llamado asfixia por
ahogamiento.
De esta manera, en su huida, muchos europeos y muchísima más carne de cañón,
murieron en las aguas del gran lago que rodeaba a esta heroica ciudad. Dicen
los mal pensados, los anti hispanistas, que el pobre señor dueño de las barbas
rubias y la llamada Malinche, lloró y lloró ahí cerquita de la estación del
metro Popotla, no porque haya perdido el último convoy y viviera hasta
Ecatepec, sino por la derrota y por haber dejado el mando en manos de un
verdadero retrasado mental, llamado Pedro de Alvarado.
7. No
sólo estas ratas habían llegado navegando desde Europa, también sus nahuales,
es decir las otras ratas de cuatro patas vinieron a hacer la América. Si ya habían
hecho de las suyas en los siglos XIV y XV, con el famoso espectáculo llamado
"la peste" (si les interesa el tema, hay una novela que vale la pena
leer: Diario del año de la peste, de
Daniel Defoe), pues por qué no presentarlo en la mismísima capital mexicana. Lo
malo de la puesta en escena es que el boleto era muy caro, andaba entre quedar
marcado de por vida o morir en primera fila.
Ese fue el regalo que dejaron los españoles después de su huida hacia Tlaxcala,
después de su derrota en la noche triste.
Un año se tardaron los angelitos en regresar. Tiempo que aprovecharon para
construir bergantines y otras naves para acosar una ciudad lacustre como era
Tenochtitlan.
Así que el gusto de Cuitláhuac, de ocupar el palco presidencial en la obra de
marras, le duró bien poco, pues fue una de las primeras víctimas de la viruela,
llamada hueyzáhuatl o hueycocoliztli en náhuatl.
Cortés pasa de Tezcoco, donde construye y bota sus naves, a Cuauhtitlan y de
ahí a Tlacopan, donde distribuye sus fuerzas hacia Cuernavaca, Chalco,
Xochimilco, Chiconauhtla, Tenayucan, Azcapotzalco y Coyoacan. El cerco, pues,
se va cerrando.
Comienzan las acciones y los del Rial Madrí, lanzan sus primeros cañonazos que
sorprenden a los del Aclante mexica, pero estos, luego, luego se dan color que
estos no son los galácticos y que sus cañonazos sólo viajan en línea recta, no
hay chanfle. Así que como son mexicanos, no pentontos, comienzan a atacar al
enemigo con jugadas en zigzag, con un dominio del balón que les permite poder
hacer enormes daños a la defensiva europea, con prisioneros que rápidamente son
enviados a las regaderas del Mictlan (inframundo para los cosmopolitas y
cultísimos conocedores de otras culturas), previo pase gratis a los distintos
templos de sacrificio.
8.
Ochenta días dura la madriza. De uno y otro lado hay enormes pérdidas. De
hecho, casi toda la nobleza mexicana ha muerto y bien pocos quedan. Apenas hay
tiempo para nombrar, que no coronar a un nuevo Huey Tlatoani (que significa: “el
que habla”, en náhuatl, si no mal recuerdo). Así se nombra a un chamaco, un
joven guerrero de la ciudad gemela de Tlatelolco, Un tal llamado Cuauhtémoc,
que es a quien le toca dirigir la heroica resistencia de una ciudad que se cae
a pedazos pues se pelea casa por casa y cuyo peso de las acciones recae, en su
mayoría, en los guerreros tlatelolcas.
Se pelea con arcos y flechas de punta de pedernal, con rodelas de madera y
macanas también de piedra. Es más, hasta los "piedrazos", como decía
una hermosísima amiga, estaban a la orden del día. Todo ello contra el caballo,
la espada de acero, la armadura de metal, los arcabuces y la tecnología
europea.
Aun así, los españoles no la ven fácil, y tampoco parece que fueran muy duchos.
Montan una catapulta en el mercado de Tlatelolco, que no acierta a atinarles a
los sorprendidos americanos que en su vida habían visto tamaña chingaderota de
honda.
Aquí hay que hacer un reconocimiento importante. Ya para estos momentos, la
guerra está en Tlatelolco. Mexico, prácticamente está abandonada y sus
habitantes han puesto a disposición de quien quiera, los arsenales de la
ciudad. Y son las mujeres tenochcas y tlatelolcas quienes se arremangan las
enaguas y colocándose las insignias guerreras salen también a luchar y se van
primero sobre los manipuladores de la Catapulta, pues aunque todo parece
perdido, el espíritu guerrero no permite llorar la derrota inminente.
9.
Aquí, hagamos un paréntesis. Pintar a los habitantes de América, es decir a los
indígenas americanos como unos estúpidos agachones, hablando como pendejos al
estilo del Tizoc, el personaje de esa
cursilísima película del mismo nombre, con el "si siñor", no sólo es
una enorme falta de respeto a nuestro pasado indígena, sino también una visión
racista de nuestros conciudadanos que llevan siglos soportando cualquier tipo
de explotación. Si bien es cierto que, muchos de ellos se comportan de esa
manera, hay que entender que eso, es producto del odio, la explotación, el
engaño y la marginación. No en balde, somos uno de los países más racistas del
mundo.
Servidos, señores escandinavos.
Ahora volvamos a nuestro asunto.
Para no hacer el cuento largo, destaquemos dos hechos. El primero es la
rendición de Cuauhtémoc, que no Cuatemochas, pues ese apelativo sólo es valido
para el jorobado de Tepito o la triste caricatura del PRD. A mi entender, y
esto no está en el libro en el cual nos basamos. Al final del conflicto,
Cuauhtémoc ve claramente que todo está perdido. Decide entregarse con la idea
de que será sometido bajo las políticas vigentes en Mesoamérica, es decir, que
será aprisionado y luego enviado a su reino y a partir de ahí, ofrecer el
tributo que le exijan sus nuevos señores.
Sin embargo la cosa no era así, y aquí vamos al segundo hecho.
Una vez terminadas las acciones, la lógica indicaría que los españoles tomarían
posesión de sus dos nuevas conquistas: las ciudades gemelas de Mexico y
Tlatelolco. Pero no fue así. Lo único que les interesó durante los siguientes
días, fue pasar a la báscula a todos los habitantes que huían de la ciudad, en
busca de, si lo que se imaginan, Oro y mujeres de piel clara y bonitas según
los cánones de la época ( ahí, para los morbosos, les recomiendo los
"arrebatos carnales", de Francisco Martín Moreno, que narra, a veces
con demasiado lujo de detalles a mi entender, cómo se las gastaron los
españoles con sus nuevos esclavos después de la conquista).
Es más, la ciudad les vale madres, lo único que quieren es "su" oro.
El que puedan pepenar y el que les fue "arrebatado" durante la noche
triste. Así que cuando, estas finísimas personas increpan al señor mexica, (no,
no lo torturaron, le pidieron muy educadamente que confesara, quemándole los
pies), no le preguntan específicamente "¿dónde está el tesoro de Moctezuma?",
sino "¿Dónde está nuestro Oro?", el que se sacaron del canal donde se
ahogaron sus paisanos durante aquella fatídica noche.
De esta manera, termina una parte fundamental en la historia de nuestro país. Y
si bien, cada uno de los actores tenía pocos o muchos asegunes, Yo me quedo,
con los valientes guerreros mexicanos que lucharon hasta la última gota de
sangre para defender su mundo de una inevitable agresión extranjera que, a
todas luces, llevaba las de ganar, como comentara mi buen amigo Fernando Romo Durango, en una de las primeras entregas de este
texto.
De los peninsulares, prefiero quedarme con aquellos patrióticos habitantes de
Cádiz, que en 1811 resistieron el asedio del imperio francés (igual si les
interesa, ahí está la novela de Pérez Reverte, "El Asedio") o, los
madrileños que también heroicamente se enfrentaron al mejor ejército del mundo
en su momento, el francés, con palos y piedras a pesar del enorme coste en
vidas que cobró aquella rebelión (también del Reverte, pueden leer "Un día
de cólera", que narra los hechos del 2 de mayo de 1808, en Madrid).
Servidos, señores.
Notas.
*Tirish
ta´. Diarrea en Maya.
**Decidí
utilizar indistintamente los nombres de Moctezuma y Motecuhzoma. La primera, es
la forma moderna en que los utilizamos y; la segunda, es la forma en cómo lo
escuchaban los españoles y así lo escribían. Eran medio duros de oídos los
tipos.