martes, 13 de diciembre de 2016

El escudo de Herodoto

Palabra de lector 33

¿Quién es Herodoto? ¿Es realmente el padre de la historia, un etnógrafo adelantado a su tiempo o, como dice Flavio Josefo, en el siglo I de nuestra era: un mentiroso?
Estamos en el siglo V antes de Cristo y la oralidad de las narraciones está muy por encima de la posibilidad de lo escrito. Famosa es la anécdota, que cuenta Luciano, en la cual se dice que Herodoto realiza un recitado de sus libros en Olimpia, y es tal su éxito que a partir de entonces sus nueve libros son conocidos con los nombres de las nueve Musas.
Ahí mismo, el mismo Tucídides, siendo niño todavía, escucha al historiador relatar su obra. Es tal el encanto que ejerce sobre él, que quedó maravillado y estalló en llanto para, posteriormente, seguir los pasos del llamado padre de la Historia, que no historiador.
Ésta es sólo una pequeña muestra de las ideas que Francois Hartog plasma en su libro “El espejo de Herodoto”. Una profunda y larga investigación que busca desentrañar la realidad de uno de los personajes más polémicos del quehacer histórico.
Nadie niega el título de Padre de la historia que se le designa al nacido en Halicarnaso. Cicerón es el primero en llamarle así. Lo que se discute es qué es en realidad lo que hace Herodoto, pues juega el papel de etnógrafo, rapsoda, agrimensor, mitólogo y prehistoriador. Ah, y por supuesto, mentiroso redomado según sus detractores.
Durante siglos se le acusó de muchas cosas; tuvo una fama poco envidiable y no es sino hasta ya entrado el siglo XIX que se inicia su reivindicación y el reconocimiento como el padre de la Historia, y no ya el padre de la mentira.
Su obra se convierte entonces en el espejo del historiador que mira su propia identidad y lleva a la cuestión de ¿qué es en realidad ser historiador? ¿Hasta dónde es válido el oír y el ver? ¿Qué papel deben jugar los documentos, las fuentes? En fin, todo aquello que en la actualidad son la materia y las herramientas de la investigación histórica.
En los relatos referidos a los otros, a los no griegos, los escitas, los persas, los egipcios, Herodoto ve la contraparte lógica de lo no griego, de lo bárbaro, de lo contrario, de lo no deseado. Sin embargo, los hace jugar un doble papel, dependiendo desde qué perspectiva les mire, llegando incluso a ser casi griegos o comportarse como tales, creando una distancia artificial que le permite establecer la equivalencia de “nosotros” y “ellos”, tan común en muchas de las visiones históricas, y al mismo tiempo generar esa equidistancia negativa que nos permite mirarnos frente al otro y calificar lo que es válido y lo que no, en esa especie de lo politicamente correcto, tan de moda en estos tiempos.
El libro hace énfasis precisamente en esta perspectiva, al analizar las reglas operatorias de la fabricación del otro; descubre la retórica de la alteridad, los vínculos entre el narrador y su destinatario, sea éste un escucha o un lector; entre los enunciados del texto y el saber compartido que nos permite establecer los supuestas sobre los que se construye cualquier historia y plantea, de manera muy acuciosa, esa delgada línea de las relaciones entre la historia y la ficción. Si no, pregúntenle a Christian Duverger y su “Ancla en la arena”.
Cuando los griegos pasan de la epopeya a la historia, el campo del pensamiento reflexivo se amplía en varias direcciones. Ya no se festeja el recuerdo de las hazañas, como sucede en la epopeya, sino que se trata de conservar la memoria de los actos de los hombres; expresar y recordar los rastros y signos de la acción ya no de tal o cual héroe singular, sino de los griegos y los bárbaros, es decir, de todos los hombres.
Así, mientras el aedo, con la certeza de un maestro de la alabanza e inspirado por la musa, promete una gloria “que no se consume”, el historiador, circunscrito por el tiempo propio de los hombres, hablando de asuntos humanos, con su saber y en su nombre, sólo pretende luchar contra el olvido. Mediante el despliegue de su historia, él querría que todos esos signos del quehacer de los hombres no fueran privados de su gloria (kléos, en griego), que no “desaparezcan” como una pintura borrada gradualmente por el tiempo.
Eso, es Herodoto.

Hartog, Francois, El espejo de Herodoto, Argentina, FCE, 2004, 262 pp. Traducción de Daniel Zadunaisky. Sección de obras de Historia.