martes, 5 de septiembre de 2017

Las estrellas son la Estigia

Palabra de lector 47

 En un principio pensamos en no escribir sobre este libro. Primero, porque era una relectura, y segundo, porque se trata de una editorial que, desgraciadamente, ya no existe, pues fue absorbida por Editorial Planeta.
Sin embargo, en la medida que fuimos avanzando en la lectura de los 10 cuentos que conforman el volumen y la importancia de su autor en el mundo de la ciencia ficción, comprendimos que era un absurdo no hablar de "Las estrellas son la Estigia", de Theodore Sturgeon (1918-1985).
Es muy probable que usted no lo recuerde o no lo conozca, pero tuvo una enorme influencia en escritores como Ray Bradbury y Harlan Ellison. También es autor de la famosa novela "Más que humano", y además fue autor de varios episodios de "Star Trek", en su primera versión.
Otra característica de Sturgeon es que se le daban bastante bien los relatos cortos y tenía una prosa inigualable, a tal grado que algunos la denominaban prosa poética.
Finalmente, es un escritor que se enfocaba en la problemática del hombre como tal, como ser social, como ser emocional e incluso como ser histórico. Esto resulta de singular importancia, ya que mucha de su obra está al margen de la ciencia ficción épica que, durante los últimos 30 años, ha dominado y predominado en la escena tanto de la literatura como del cine de este género.
Por ello es entendible que los 10 cuentos que conforman el volumen al que hacemos referencia estén, todos ellos, centrados en las personas, en su profunda humanidad.
Aquí no hay armas fantásticas, batallas épicas o conquistas de otros mundos. No, los relatos nos hablan de la visión del mundo de los personajes, de sus sentimientos y sus acciones.
Cada uno de ellos nos sorprende, nos transporta a temas que parten de una situación simple, cotidiana, y nos lleva a resultados sorprendentes, en giros que pueden dejarnos anonadados, como es el caso del cuento "Deslumbrados", donde el final es de una sorpresa tal, como aquel golpe que le propinara Juan Manuel Marques al Manny Paquiao en su última pelea. Y es que el diablo…
O ese otro que le da nombre al libro que bien podría convertirse en una historia de novela negra, y por qué no, "El otro hombre", que aborda el tratamiento de la esquizofrenia.
En fin, las diez historias, "La historia de Tandy", "La regla de tres", "La educación de Drusillia Strange", "Granny no quiso coser", "Cuando sonries", "El Claustrófobo" y "El escalpelo de Occam", además de los otros ya nombrados, podrían definirse como verdaderas obras maestras del género.
No queremos ser imprudentes y proporcionar claves que develen algunas de las tramas o los finales de los relatos y arruinarles la aventura, pero estamos seguros que, una vez que inicien la lectura de este libro, quedarán atrapados en la prosa de uno de los más grandes escritores de la edad de oro de la ciencia ficción.
Que se diviertan.

Sturgeon, Theodore, Las estrellas son la Estigia, Ediciones Martinez Roca, México, 328 pp., 1991. Traducción de Lorenzo Díaz. Colección: Gran super ficción.

domingo, 3 de septiembre de 2017

El Almirante de la mar Océano

palabra de lector 46

Quizá no exista un título más romántico que el que recibiera Cristóbal Colón de parte de los reyes católicos: Almirante de la Mar Océano. Y es seguro que tanto los otorgantes como el receptor, nunca imaginaron la magnitud de tal privilegio, sino hasta muy tarde.
Éste es uno de los tantos pasajes que conformaron la vida de uno de los personajes más emblemático de la historia humana.
Ahora que llega octubre y que no faltarán los “expertos” que dirán superficialidades, lugares comunes y tontería y media en torno a la vida y aportación del genovés, sería bueno que le echaran una revisada al libro que hoy nos ocupa: El Almirante de la Mar Océano, vida de Cristóbal Colón, de Samuel Eliot Morison, editado por el FCE.
Hablemos un poco del autor, quien realizó dos proezas alrededor del texto que nos ocupa. La primera de ellas tiene que ver con el exhaustivo y muy completo estudio realizado para la elaboración del libro. Aunque hay que mencionar que deja mucho del peso de sus dichos en dos fuentes solamente: los escritos de Fernando Colón, hijo del Almirante y autor de La historia del Almirante, y de Fray Bartolomé de las Casas. Ambos, al parecer, tuvieron acceso de primera mano a los textos originales del almirante, principalmente al Diario de a bordo, del primer viaje y que “misteriosamente” desapareciera, para tranquilidad de Fernando II de Aragón, a quien no le caía muy bien el marinero ese.
La segunda proeza tiene que ver con el autor mismo. Morison, además de historiador, era un marinero experto y decide a la par de realizar su investigación, recorrer uno a uno los itinerarios del navegante genovés tratando de identificar y ubicar cada punto que Colon descubriera y bautizara durante sus cuatro viajes. No conforme con ello, estos periplos los realiza en naves de vela, tratando de reproducir, en la medida de lo posible, las mismas condiciones que sufriera el Almirante de la mar Océano.
De alguna manera, este capricho antropológico marca definitivamente la estructura de la obra, ya que el autor dedica una buena parte a instruirnos sobre el mundo de la marina, los viajes, los vientos y las orientaciones a tomar en cuenta durante una travesía.
De hecho, pareciera que por dedicarle más tiempo a estos datos, a veces deja de lado temas que podrían ser de mayor interés, al menos para el lector común.
Otra cuestión es la obsesiva admiración, sin reservas, que el autor tiene por su personaje, ya que le justifica todas las ideas y decisiones al descubridor de América, aunque eso no demerita de ninguna forma la obra ofrecida.
Hay que tomar en cuenta que este libro fue escrito a finales de los años treinta del siglo XX y que, sin embargo, aclara muchas de las dudas y controversias que han acompañado a la vida y tragedia del navegante genovés.
Pese al gran tamaño del texto, la obra está escrita de una manera amena y elegante, no exenta de pinceladas de humor, que harán las delicias a quienes se atrevan a explorar y navegar por el texto.
Así tenemos la oportunidad de conocer más a fondo a ese Colón, obsesionado por las leyendas de oriente; un hombre necio que, en cada playa, en cada isla, península, hombre o selva, cree encontrar a pie juntillas las descripciones de Marco Polo para hallar a la vuelta de alguna roca las espléndidas riquezas del oriente o algún palacio del Gran Kan.
Antes de terminar, baste decir que el autor no hace oídos sordos a aquella teoría sobre un informante desconocido y moribundo que le da a Colón las claves secretas para aquella primera y épica travesía. Se basa, para ello, en Gonzalo Fernández de Oviedo, el primero en publicar las historias del Piloto Desconocido, en 1535, donde narra la aventura de esa nave "fantasma" que es llevada hacia el poniente para descubrir sin querer un mundo diferente.
Como colofón y como corresponde a una narración fantástica, la travesía dura entre cuatro y cinco meses en regresar. La tripulación muere en el camino, salvo tres o cuatro marineros y el piloto. Todos ellos llegan tan quebrantados que al poco tiempo mueren y es precisamente Cristóbal Colón quien acoge a este misterioso piloto y se entera de dicha maravilla, para que, a partir de ahí, comience a tejer esa historia que todo mundo conoce.
Por último, no se espante por el grosor del texto, la verdad vale la pena hincarle el diente.
Morison, Samuel Eliot, El Almirante de la Mar Océano, vida de Cristóbal Colón, 2da. edición, Fondo de Cultura Económica, México, 930 pp., 1993. Traducción de Luis A. Arocena. Colección: Sección de Obras de Historia.

jueves, 17 de agosto de 2017

El señor de los ladrones

Palabra de lector 45

Hermoso. Así, sencillamente. Y es lo único que puede decirse en cada una de las novelas de Corenelia Funke, una de las más importantes escritoras de fantasía no épica, quizás sólo detrás de la gran maestra Úrsula K. Le Guin.

Desde que nos deleitamos con la trilogía de Corazón de tinta, nos hemos convertido en fieles lectores de cada una de sus novelas, y hasta ahora nunca hemos sido defraudados.
De esta manera fue que nos sumergimos en la historia que hoy nos corresponde, El señor de los ladrones, una historia ubicada en Venecia y que trata sobre un grupo de niños que tienen tratos con un misterioso personaje que se hace llamar "el Señor de los ladrones", misterioso, enmascarado y un consumado ladrón.
Como suele suceder en todas sus historias, el mundo de los adultos se mezcla con la fantasía de los universos infantiles para que, de una u otra manera, se vea inmerso en ellos y sea parte del juego de la historia fantástica.
Así, los personajes de los adultos vienen a danzar alrededor de las vidas y aventuras de este grupo de pequeños que deben cumplir una misteriosa y peligrosa misión, robar un objeto infinitamente valioso pero que nadie sabe de qué se trata.
Sin embargo, las cosas no son tan sencillas, hay una desagradable mujer, un detective privado, un deshonesto comerciante y para complicarlo aún más, un misterioso Conde que oculta su personalidad y desea con toda el alma ese tesoro.
Como decíamos, la acción se desarrolla en una Venecia ajena a los turistas, llena de misterios y calles que resultan laberínticas para los despistados; está también la peligrosa y misteriosa laguna a la que varios de los personajes temen como a nada en el mundo.
El lector rápidamente se sumerge en la historia para terminar devorando el texto que no demerita, en ningún momento, la calidad y la promesa de la pluma de esta escritora.
Funke no requiere mediocrizar o ridiculizar a los seres de la fantasía tradicional, ni sacarse de la manga situaciones forzadas que le permitan alargar y alargar sus historias. Al contrario, una vez que comienzan, parecen deslizarse suavemente frente a los ojos del lector de una manera tersa y siempre inteligente, que lo mantiene al borde de la silla, para acabar devorando el libro en cuestión.
Hay muy poco que debamos decir sobre la historia, pues son muchos los secretos que se develan durante la trama y no sería justo para la autora y sus personajes decir más de La cuenta, so pena de incurrir en una grave falta que Escipión o Pro podrían reprocharnos. Baste saber que la recompensa es un sueño que todo adulto alguna vez ha acariciado y que algún que otro niño desea.
En fin, creo que hemos dicho demasiado. Mejor acomódese lo mejor posible, sírvase una copa de Oporto y dispóngase a vivir una hermosa y valiente aventura.
Ah, sí. Aquí nadie denigra a los elfos, ni caricaturiza a los magos o a los dragones, esto es fantasía en serio, no best sellers para aprendices de brujos.
Funke, Cornelia, El señor de los ladrones, Ediciones B, México, 362 pp., 2016. Colección B de blok.

domingo, 6 de agosto de 2017

Pierre Clastres y su antropología

palabra de lector 44

Mi padre tiene la costumbre de que cada vez que ve a cualquiera de sus hijos, lo primero que hace es preguntar: “¿Qué estás leyendo?”.
Después de las respuestas de rigor de los que sí suelen leer, termina por recomendar algunos textos y posteriormente pasar a temas más mundanos.
Alrededor de los 19 años, y después de dicho ritual, le dijo a quien esto escribe que debía leer a un tal Pierre Clastres, un antropólogo francés que se dedicaba a estudiar las sociedades primitivas, las sociedades sin Estado.
Investigaciones en antropología política, nos convertimos en rabiosos cazadores-recolectores de todos los textos escritos por este investigador, quien muriera trágicamente a una edad temprana.
Finalmente, el libro se convirtió en uno de nuestros textos de cabecera, para desaparecer misteriosamente en algún momento de los 80. Sin embargo, en la última Feria del libro de Minería tuve la suerte de recuperarlo, releerlo y confirmar lo que siempre había pensado: Pierre Clastres era una chingonería. Pero, entremos en materia.
El texto que nos ocupa está conformado por una serie de ensayos que abarcan desde el carácter del modo de producción “doméstico”, los mitos y los ritos, la cuestión del poder, hasta la libertad, la economía primitiva, la guerra y la inevitable crítica a los marxistas y los estructuralistas, léase Godelier y Levi-Straus.
Gran parte de estos ensayos giran en torno a los Yanomami, Yanomame o Waika, como también suele llamárseles a estos habitantes de la amazonia venezolana y que son considerados una de las últimas sociedades primitivas.
Para Clastres, los Yanomami, a diferencia de la idea generalizada, no son sociedades de la miseria o desesperada subsistencia, sino todo lo contrario, viven en la abundancia, donde todas sus necesidades pueden satisfacerse con una actividad media de tres horas de trabajo por persona al día, por lo tanto, también disfrutan del ocio, ya que la acumulación de bienes no existe y es rechazada.
Pero hablemos de los mitos. Hay que recordar que éstos son la historia de los ancestros, cuya acción se desarrolla en el tiempo anterior al tiempo. Tiempo primordial donde tienen lugar los actos fundacionales que le dan sentido a la cultura y a las instituciones sociales. Por lo tanto, son ellos, los mitos, los que explican las razones del juego social, de lo permitido y lo prohibido, que es sobre lo que se construye y constituye la dinámica entre lo sagrado o lo profano. De ahí que pensar que los mitos y sus ritos (la recreación de ese tiempo sagrado) son una carga, un lastre del que hay que deshacerse alegremente es demostrar una gran ignorancia sobre el tema y dejar en evidencia que no se ha entendido nada.
En estas sociedades igualitarias, el poder está en no tenerlo y donde el prestigio es el motor de la guerra. Por ejemplo, son un importante parámetro para entender cómo funcionaban los distintos pueblos antes de la historia, antes del surgimiento del Estado. Porque estas sociedades, acabadas y maduras, son sociedades sin Estado, no porque no lo puedan articular, sino porque son sociedades que se niegan a ello, porque rechazan la división del cuerpo social en dominadores y dominados.
El ejemplo de esta sociedad nos enseña que la división no es inherente al ser social; es decir que el Estado no es eterno, que en la historia tiene un principio. De ahí que el cuestionarse sobre el funcionamiento de las sociedades primitivas permitiría esclarecer el problema de los orígenes de dicha institución y, quizás, la solución al misterio sobre el momento del nacimiento del Estado, lo cual permita esclarecer también las condiciones de la posibilidad (realizables o no) de su muerte.
En tanto, nuestro mundo capitalista y neoliberal sigue acabando con los últimos vestigios de las sociedades primitivas, devastando sus selvas, sus entornos e “incorporándolos” a una modernidad que los mata lentamente y no precisamente con una canción.
Finalmente, el autor, con clara ironía apunta: “He aquí mi voto para los Yanomami. ¿Piadoso? Probablemente sí. Son los últimos asediados. Una sombra mortal se extiende por todas partes… ¿Y después qué? Quizás nos sintamos mejor, una vez que se ha roto el último círculo de esta postrera libertad. Quizás podamos dormir sin despertarnos una sola vez… Algún día, se alzarán cerca de los chabuno (casa colectiva) las torres de los petroleros, las laderas de las colinas se llenarán de las excavaciones de los buscadores de diamantes, habrá policías en los caminos y tiendas a la orilla de los ríos… Y reinará la armonía en todas partes”. Pues los Yanomami habrán desaparecido.
Pensando tal vez que nos sería útil para lo que pensábamos dedicarnos (la Mesoamérica prehispánica), el texto resultó un verdadero shock. Tal vez lo que más nos impacto fue su idea sobre la guerra, el poder y los mitos. De ahí que, después de leer las
Clastres, Pierre, Investigaciones en antropología política, Gedisa Editorial - México, México, 255 pp., 2014. Traducción de Estela Campos. Colección Antropología, serie CLA-DE-MA.

miércoles, 12 de julio de 2017

De Orwell al cibercontrol


Vigilar, controlar, fichar y clasificar. La tónica de los Estados actuales, de las nuevas organizaciones globales y el papel que juega la tecnología en todo ello.
Éste es el tema del libro que ahora nos ocupa: De Orwell al cibercontrol. Al ir avanzando en su lectura, se nos eriza el pelo al comprobar que todo lo que ahí se dice y que fuera implantado en Francia hace una década, es lo que hoy se construye en México, con la complacencia y participación de las grandes organizaciones de la industria informática y la indiferencia de los ciudadanos de este país.
Los autores, Armand Mattelart y André Vitalis pasan revista desde la libreta obligatoria para los obreros a los expedientes policiacos, pasando por los archivos manuales, hasta la aparición de la informática y su producto más acabado: Internet.
Todo ello forma parte de una política y una estrategia de control que, a medida que avanza la tecnología, se perfecciona y se hace más amplia. Tan es así que, en la actualidad, el perfil de los ciudadanos y su segmentación en el ámbito que a usted le guste, se realiza a partir de un siempre creciente números y diversos datos-información extraídos de nuestros comportamientos, desplazamientos, gustos y acciones.
Cada uno de ellos es almacenado y analizado sin que nos enteremos o, peor aún, con nuestro beneplácito e indiferencia. Al final del día, lo único que nos interesa son los premios, los paliativos que todas esas organizaciones, que nos exprimen hasta el último dato, nos ofrecen a cambio de nuestra individualidad, de nuestra intimidad y privacidad.
Aquí entra el espionaje gubernamental, no necesariamente político, la banca, los servicios de inteligencia y el marketing. Este último, funciona como una enorme y hambrienta garganta, que gasta miles de millones de dólares al año para alimentarse de nuestras debilidades, vicios y deseos, para manipularnos con toda desfachatez.
Al mismo tiempo, las necesidades desmesuradas del mercantilismo –de la hegemonía neoliberal y las estrategias de las llamadas políticas de “seguridad” nacional, ya sea contra el terrorismo o el crimen organizado– contribuyen a la expansión global de las prácticas de perfilamiento de los homo consumidores.
Toda esta información –manipulada con tecnologías del Big Data, trasportada a través de la red de redes, almacenada en la nube y transaccionada entre las grandes organizaciones como Google, Facebook o Amazon– genera miles de millones de dólares, de los cuales no llega uno solo a los ciudadanos que la generan y que son fácilmente manipulables y controlables por todos ellos, con diversos objetivos.
Cómo podría ser de otra manera, si la gran mayoría de los usuarios de las tecnologías de la información y de las comunicaciones se sienten atraídos por los beneficios de los servicios que ofrecen, sin tomar conciencia de que éstas también son tecnologías de control, en una sociedad formada, en su inmensa mayoría, por tecno optimistas.
En la actualidad, el entorno digital que facilita la comunicación es, al mismo tiempo, un entorno de control permanente. Gracias a la asociación de las técnicas digitales con las de las telecomunicaciones, las trazas, las imágenes y los mensajes pueden ser transmitidos instantáneamente, almacenados y procesados en cualquier lugar del planeta y, por ende, ser localizables en tiempo real, para la toma de decisiones que no necesariamente beneficiarán al objeto de este control: el ciudadano.
Finalmente, este capitalismo que se inmiscuye de manera profunda en las vidas cotidianas ha nacido y no puede desarrollarse sino a través de una negación organizada y sistemática de los derechos fundamentales que las personas tienen de preservar su vida privada. La web se convierte en el soporte de un capitalismo de la intimidad que hace “humana” la interface informática.
Una vez recolectada la información para generar el archivo de cada persona, la etapa más delicada cabe decir, los individuos tienen la posibilidad de dar su consentimiento, de pedir explicaciones o, de plano, negarse. Sin embargo, nada de ello sucede, pues es esta misma dinámica la que los ha convertido en seres indiferentes de su derecho a la privacidad y la intimidad.
Aterradoramente servidos, señores.
Mattelart, Armand, André Vitalis, De Orwell al cibercontrol, Editorial Gedisa, Barcelona, 228 pp., 2015. Traducción de Juan Carlos Miguel de Bustos. Colección Comunicación.

miércoles, 28 de junio de 2017

La piscina

Palabra de lector 42

A diferencia de nuestra anterior entrega, hoy nos enfocamos en la reseña de un pequeño texto, de la pluma de Yoko Ogawa, escrito con maestría.
Se trata de un relato construido en su mayoría por la introspección del personaje principal, quien va llevando la narración a partir de sus propias reflexiones. 
El breve relato gira en torno a una piscina de entrenamiento de clavados, el clavadista y el observador. Y una adolescente que comienza a sentir una serie de sensaciones inexplicables, pero que resultan placenteras.
Sin embargo, el placer no sólo se hace patente a través de la observación y el deseo del cuerpo del joven clavadista, Jun; sino que hay otras formas que todos llegamos a percibir en algún momento y que suelen ser las que nos marcan.
En algún momento de este texto intimista, nuestro personaje, la joven Aya, reflexiona: “Me parece extraño que Jun fuera tan bueno, a pesar de que su verdadero padre había desaparecido al nacer él y su madre alcohólica lo había abandonado. Deseaba intensamente sumergir mi cuerpo en el agua de la fuente que hay en lo más profundo de su ternura, que él me limpiara el cuerpo con el algodón de su ternura”.
Así, la obra llevará al lector a un vaivén violento de los sentimientos encontrados de una adolescente que se siente desgraciada, sola y abandonada por sus padres, y cuyo único placer es espiar todos los días el entrenamiento del joven clavadista, con el que comparte muchas otras cosas.
La piscina es una historia perturbadora, profunda, que invita a la reflexión de cómo manejamos nuestras emociones, sentimientos y perversidades, cuando pasamos aquella etapa donde se busca nuestra identidad y, por qué no, aun cuando ya somos adultos de cualquier edad.
Este pequeño texto de Yoko Ogawa es una muestra de que, para hacer una buena obra de literatura, no es necesario buscar los grandes temas, o llenar nuestra falta de creatividad con ridículas escenas “eróticas”, o escribir páginas y páginas de lugares comunes.
Finalmente, este humilde escribidor les sugiere guardar este texto para disfrutarlo en una tarde muy lluviosa y lejos del molesto ruido que generan otros seres humanos. Hay que leerlo en soledad, en una profunda soledad.
Servidos.

Ogawa, Yoko, La piscina, Editorial Funambulista, España, 101 pp., 2012. Traducción de Héctor Jiménez Ferrer. Colección: Los intempestivos.

lunes, 26 de junio de 2017

El viaje de Baldassar

Palabra de lector 41
 
Apocalipsis, profetas, el fin del mundo, anticristos… fue lo que estuvo en boca del mundo islámico y cristiano el año al que se le conoce como de la bestia, 1666. Fue cuando se incendió la ciudad de Londres, cuando se dio el famoso examen universitario de Juana de Asbaje, cuando Newton descubre de la dispersión de la luz y su espectro, cuando Leibniz publica su  obra “Arte combinatoria”, y entre otras cosas, resulta que 1666, escrita con números romanos, contiene todos los caracteres con que se representaban dichas cifras: MDCLXVI.
Con este pretexto, Amin Maalouf, escritor de origen libanés, se lanza a la tarea de escribir una novela que aborda el tema, bajo el nombre de: “El viaje de Baldassare”. Lo que promete ser una agradable e interesante aventura literaria, termina en una novela más de los miles que pueblan el mundo de los Best sellers.
El texto gira en torno a un supuesto libro que contiene el centésimo nombre de dios (eso me recuerda a aquel fabuloso cuento de Ciencia ficción, sobre unos Lamas que compran una IBM para recopilar todos los nombres posibles del inmortal y al terminar de juntarlos…).
Hasta ahí va bien la cosa, pero luego aparece una guía bastante superficial del mundo. Para colmo de este escribidor, se dio demasiado espacio a los escarceos amatorios con diversas damiselas, y ahí ya valió madre la cosa.
Escrito en forma de diario, que nunca acabamos de entender las razones de ello, el libro deambula de aquí para allá, entre los hechos y las reflexiones del autor.
Promocionado como un libro que cuenta con muchos elementos de actualidad, la verdad es que ni es un viaje iniciático como promueven sus editores, ni mucho menos de reaprendizaje. Repito, es una navegación superficial de un tema que daba para mucho más.
En fin. Si a usted le gustan las obras melcochonas, con algo de acción y que el autor le narre cuántas ciudades ha visitado en su vida, adelante, y con ello, brinda al señor Maalouf su debut y despedida en su biblioteca personal, como obviamente hará este escribidor, a menos que alguien más sabio nos demuestre que sus otras obras son infinitamente mejores.
Es una lástima, porque el tipo no escribe mal, pero le falta mucha profundidad, al menos en este tema.
Saludos
PD. Tiene una portada muy bonita. “Vista interior del puerto de Marsella” (Detalle de Claude Joshep Vernet. Museo de la Marina. Paris.)

Maalouf, Amin, El viaje de Baldassare, Alianza Editorial, España, 485 pp., 2000. Traducción de Santiago Martín Bermudez. Colección: Alianza Literaria.

martes, 2 de mayo de 2017

Señor Duverger, bájese de mi nube o el Diario de a bordo


Palabra de lector 40
 
Sirva este texto como ejemplo de cómo la investigación HISTÓRICA se construye con documentos y reflexiones basadas en otros textos y documentos. Que no se trata de cuentos y “me late”, tomados de la ficción o de una aparente sabiduría obtenida de las lecturas de la Wikipedia, y que hablar del señor Colón u otro personaje histórico, no es moco de pavo. Aprende Jiménez, aprende y lee.
Para nadie en nuestra región es desconocida la imagen del Almirante de la Mar Océano, don Cristóbal Colón y su epopeya que culminaría con el descubrimiento oficial de América.
Si bien, la historia es bien conocida y muchas veces mal contada. La del personaje es mucho más compleja y oscura.
Existe gran cantidad de claroscuros, contradicciones, medias verdades, falsedades y súmele lo que le apetezca alrededor de la vida de Colón. La cola va desde su mismo origen. ¿Quién era Colón, ¿dónde nació?, ¿a qué se dedicaba su familia?, ¿cómo llegó a la idea del viaje hacia el oeste? En fin, una larga, pero muy larga lista de cuestionamientos que han dado pie a gran cantidad de tinta y mitos que, más que aclarar, complican más la madeja sobre el tema.
Para que la cosa no se quede como está, Cristian Duverger le pone más leña al fuego y nos ofrece un trabajo digno de quienes nos dedicamos a estas lides (con seriedad, por supuesto), en el texto titulado: Diario de a bordo, donde nos muestra dos versiones de un mismo texto, el famoso Diario de a bordo, del Almirante de la Mar Océano. Es decir, el texto escrito por su hijo, Hernando o Fernando Colón, y el elaborado por el famoso sacerdote Bartolomé de las Casas. Ambos, basados, hasta donde se sabe, de un original que permanece desaparecido, casi desde que llegara a manos del Rey Fernando de Aragón.
Aquí comienzan los peros: ¿cómo pudo Colón encontrar, sin duda alguna, la ruta de regreso a Europa, sin indicaciones previas?, ¿por qué las referencias a Asia sólo aparecen en la versión de Las Casas?, ¿por qué a lo largo del diario describe las islas descubiertas como si fueran parte del ambiente de España?
Pongamos un ejemplo. El caso de la fecha y el lugar donde se debe realizar el viaje de regreso a Europa. Dice Duverger: “Y sabe que el regreso no será posible más que con viento del sur; así, cuando por fin aparece dicha providencia el día 16 de enero, ¨cuando refrescó el viento muy bueno para ir a España¨, Colón decide aprovechar las condiciones climáticas que lo llevan hacia la ¨autopista¨ de la corriente del Golfo orientada hacia el nor-nordeste y luego hacia el nordeste, en dirección de las Azores. Los secretos de la navegación en aquella época no radicaban en la arquitectura de los navíos, no en el timón de cordante, no en el diseño de las velas, sino en el conocimiento de los vientos y las corrientes”. Pero para ello, había que saber dónde y cuándo.
Según el autor, Colón escribe en su bitácora aquello que los gobernantes querrán leer, no necesariamente lo que ve y descubre.
Tradicionalmente se ha pensado que el almirante vivió equivocado al pensar que había llegado a las Indias y que por ello siempre buscó las especias y perfumes, como la canela, la pimienta negra, el clavo y el almizcle. Sin embargo, el investigador apunta que la verdad puede ser distinta. Según él, el descubridor sabe que no llegó a Asia y por ello reunió plantas características de las islas y se las llevó a los reyes. Su texto habla en particular del ají, que es el chile, y del ñame, que es el camote. Sabemos que ninguno de los dos le hizo la menor gracia al rey Fernando, pues él sólo quería especias y oro de India. Pese a ello, no se pudo impedir la llegada al viejo continente del tomate, el maíz, el frijol, la calabaza, el aguacate y el chocolate.
Finalmente, para los objetivos de esta breve reseña, está el asunto nodal de la propuesta de Duverger. La teoría de que Colón se habría beneficiado de la información proporcionada por un piloto, que habría muerto en su casa, como apuntan algunos cronistas de la época. Esta información no sólo le hubiera revelado la existencia de la Española, sino que le habría revelado el secreto de la ruta de regreso. Pero no se equivoca en el regreso, espera el viento del sur y toma el rumbo del norte hasta conectar con la corriente del Golfo que lo conduce, vía corta, a las Azores. Colón aprovecha un saber; no experimenta, como habría de esperarse de una primera exploración.
En fin, que la polémica sigue y seguirá. Lo importante no es sólo la propuesta de Duverger, sino el ejemplo de un especialista de cómo se debe hacer historia. Lo demás son payasadas new age.
Duverger, Christian, Cristóbal Colon, diario de a Bordo, Taurus, 2017, México, 263 pp. Me gusta leer México

miércoles, 8 de marzo de 2017

El gran océano

Palabra de lector 39
El Océano Pacífico es muy distinto al mar que navegara Colón (la mar océano), y está íntimamente ligado a la historia de México.
Fue Vasco Núñez de Balboa quien divisó un nuevo mar desde alguno de los picos de las montañas Urrucallala y “descubriera” el océano Pacífico, al que bautizarán como el mar del sur para diferenciarlo del Caribe o del Atlántico, que en Panamá queda al norte.
Impresionante debió ser, ese 29 de septiembre de 1513, en el llamado, desde entonces, Golfo de San Miguel, mirar al explorador español levantar la espada, golpear las olas con ella y tomar posesión del mismo, en nombre de doña Juana y don Fernando, reyes de Castilla y de Aragón.
A partir de ese momento, el océano Pacífico se ligó íntimamente no sólo a los europeos, sino a los pueblos de la costa oriental de América. Ya que a partir de ese momento y en gran parte desde las costas de la Nueva España, se explora, se conquista, se toma posesión de todo aquello que se encuentra del otro lado de este inmenso mar.
No sólo se descubre que efectivamente, más allá del horizonte, se encuentra la tierra de las especies, sino que se descubre y se sospecha la existencia de grandes imperios y culturas y digo, se sospecha, porque el gran imperio chino evitó con gran éxito durante un largo tiempo, la injerencia y el ingreso de los occidentales a sus territorios y su cultura, algo que no pudieron lograr los señores de la India.
Todo esto y muchísimo más es lo que contiene el libro El gran océano, escrito por Rafael Bernal, reconocido diplomático mexicano que, a raíz de su contacto con los pueblos del Pacífico, se convirtió en un rabioso y profundo estudioso de la historia de aquella región, íntimamente ligada a la historia del nuestro, según trata de demostrar en la presente obra.
Tres eran los motivadores de la exploración de esta parte de la tierra. El primero era encontrar una ruta que llevara al oriente y que no implicara rodear el continente africano por el sur, puesto que era monopolio de los portugueses. Así que el hallar una vía que llevara al Asia, sería un gran triunfo para quien lo lograra. En su momento, la ruta de ida resultó sencilla, el problema que llevó un buen rato resolver fue la del regreso, que además estaría íntimamente ligada con la famosa historia de la Nao de China.
El segundo era, obviamente, el poder establecer el sueño que impulsó al Almirante de la mar océano: encontrar la ruta de las especias y la seda. Esfuerzo que llevaría a una enorme cantidad de aventuras y hallazgos accidentales, que finalmente se alcanzaría y de nuevo generaría un interesante mercado, no sólo de especias y seda, sino de la porcelana china y otros productos que a la larga serían sustituidos por otros producidos en la Nueva España o en el mismo continente europeo. A cambio de todo ello, los orientales recibían plata, generalmente de origen mexicano, misma que era altamente apreciada por su enorme calidad.
Finalmente, el tercer motor de este interés lo significó la idea de llevar el cristianismo a ese enorme territorio, en manos del budismo y el islam, que a la larga resultará infructuoso y con un alto costo en vidas y esfuerzos.
De esta manera, se pasa de esta primera etapa a la necesidad de controlar territorios para a su vez dominar ciertos mercados y mercancías, para terminar, ya en pleno capitalismo, al dominio de zonas estratégicas para el desarrollo y circulación de capitales, materias primas y zonas estratégicas para el equilibrio en la región de las grandes potencias europeas.
Así, de manera sucinta, resumimos el amplio contenido de esta obra, cuya lectura no sólo es agradable sino muy ilustrativa. Llena de datos curiosos, anécdotas y hechos que harán las delicias de los lectores que se sumerjan en las aguas de este gran océano que representa la historia de las culturas del extremo Oriente.
Así, veremos las aventuras de los exploradores españoles, la piratería, el origen de la idea de Robinson Crusoe y el personaje real que dio origen a esta novela, la cerrazón de las culturas chinas y japonesas, el colonialismo europeo, y las guerras sordas de las grandes potencias durante la primera parte del siglo XX.
Un último comentario, pese a ser una obra inmensa y bien documentada, dedica muy poco espacio e interés a los movimientos de liberación nacional de esta región durant ele segundo tercio del siglo pasado y parece evadir, tanto como sea posible, el avance de los comunistas en aquellos lares. ¿Por qué sería? En verdad se los recomiendo.
Bernal, Rafael, , Fondo de Cultura Económica, México, 519 pp., 2012. Sección de obras de Historia.
El gran océano

lunes, 6 de marzo de 2017

¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas?

Palabra de lector 38
¿Es necesario dividir la historia en fragmentos? Y si es así, ¿hasta dónde se puede partir en gajos? Los historiadores en todas las eras han tratado de establecer distintas formas de periodización en forma de épocas, periodos, eras, horizontes, según le acomoda a cada uno de ellos.
Es muy probable que el primer modo de periodización sea el propuesto por Daniel en el Antiguo testamento. En una visión, el profeta ve cuatro bestias que son la encarnación de cuatro reinos sucesivos, cuyo conjunto constituirá el tiempo completo del mundo desde su creación hasta el final. Y fue hasta el siglo XII cuando los cronistas y teólogos retomaron la periodización propuesta con Daniel.
No podemos olvidar la propuesta hecha en el siglo VI d. C., por Dionisio el Exiguo: hacer un corte fundamental antes y después de la encarnación de Jesucristo. Para que, desde entonces, en occidente y a nivel internacional, el tiempo del mundo y de la humanidad se cuenta primordialmente “antes” y “después” de Cristo.
Esas son las preguntas y premisas que el historiador Jacques Le Goff se hace sobre esta manía de los historiadores. El investigador, uno de los más importantes estudiosos de la Edad Media, parte de estas ideas para preguntar si es válido separar la Edad Media de lo que hoy conocemos como el Renacimiento.
Desde su punto de vista, no hay un solo Renacimiento, sino varios a través de lo que se conoce como la Alta y la Baja Edad Media. Amén de que este periodo que separaría la llamada “edad oscura” con la modernidad es, en realidad, parte de ese largo espacio temporal entre la era antigua y la época del advenimiento del capitalismo.
En su libro, el autor apunta que es a partir del siglo XIV y sobre todo en el siguiente siglo, cuando algunos poetas y escritores, principalmente italianos, tuvieron la sensación de que evolucionaban en una atmósfera nueva: que ellos mismos eran a la vez el producto y los iniciadores de una cultura inédita. De ahí que surgiera de entre ellos la definición, de manera peyorativa, del periodo del que creían salir con ventura y que concluía con ellos, habría comenzado con el fin del Imperio romano, época que a sus ojos representaba el arte y la cultura que habría dado a grandes autores que, dicho sea de paso, conocían mal, como era el caso de Homero, Platón, Cicerón, Virgilio, Ovidio, entre otros. De esta manera, el periodo que intentaban definir tenía como única particularidad ser intermediario entre una antigüedad imaginaria y una “modernidad” imaginada, por lo que nombraron a esa etapa inmediatamente anterior como Edad Media.
De hecho, el término aparece por primera vez en 1469, como un valor de periodización cronológica que distingue a “los antiguos de la Edad Media, de los modernos de nuestro tiempo”, en la obra del bibliotecario papal Giovanni Andrea Bussi (1417-1475) y que se consolidaría como tal en el siglo XVIII, con filósofos como Leibniz y Rosseau.
Hay toda una serie de innovaciones que marcan una clara evolución y aportaciones al desarrollo de la humanidad entre los siglos XII y XV. La Edad Media tradicional transmitió el sentimiento de avanzar mirando al pasado, lo cual obstaculizó durante mucho tiempo la posibilidad de una nueva periodización.
Sin embargo, la visión cambia cuando en el siglo XIV, Petrarca arroja los siglos precedentes a la oscuridad y los reduce a un periodo de transición neutro e insulso entre la bella antigüedad y el renacimiento que él anuncia. A esto siglos se les da el nombre de Media aetas y así nace la Edad media.
Por su parte, el término Renacimiento, así como la definición de un periodo de la historia ubicado con este nombre –posterior la Edad Media y opuesto a ella-, apenas data del siglo XIX y se le debe a Jules Michelet (1798-1874). De ahí que para el autor el Renacimiento no representa un periodo particular; más bien constituye el último renacimiento de una larga Edad Media.
Finalmente, la idea e intención del ensayo que hoy nos ocupa es demostrar que en realidad estamos tratando con la existencia de una larga Edad Media, que incluye varios renacimientos y de la inadmisibilidad del Renacimiento como un periodo específico y posterior. Por lo tanto, no es necesario cortar la historia en rebanadas de esta manera, porque de hacerlo, estaríamos partiéndole su mandarina en gajos. Que lo disfruten.

Le Goff, Jacques, ¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas?, Fondo de Cultura Económica, México, 109 pp., 2016. Traducción de Yenny Enríquez. Colección Obras de Historia.