martes, 13 de octubre de 2015

El fetichismo tecnológico. Moda, cultura y consumo.

A partir de hoy, publicaremos un extracto del texto que se preparó para el Coloquio de Periodismo y Cultura, organizado por la FES Aragón, de la UNAM y que será parte de la introducción del libro: Historia de la computación en México, la era del Internet.


“Hay un cuadro de Paul Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece estar a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del angel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas.  Este huracán le empuja irresistiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.”[1]
Ese progreso, del que habla Walter Benjamin, en la actualidad está íntimamente ligado a la idea de la tecnología. La percepcion del avance de la humanidad, desde la revolución idustrial se ha ligado irremediablemente con el del progreso y desde la segunda mitad del siglo pasado con la alta tecnología. No hay ámbito del quehacer humano que, de una u otra forma sea asociado a las computadoras y sus derivados.
 Y en esta nueva percepción, la creación de un nuevo personaje histórico, el del hiperconsumidor. Producto de una nueva cara del capitalismo y criado y alentado por las filosofías y las acciones del neoliberalismo globalizante que ha traido a la piedra de sacrificios, cual Ifigenia, al mismo ser humano, al mismo consumidor que se inmola en las propuestas de los grandes mercados y las ideas de las modas, los hedonismos y la felicidad. Hemos creado un nuevo fetiche: las Tecnologías de la Informacion y las comunicaciones.
En esta nueva era, el personaje del hiperconsumidor, como lo define Gilles Lipovetsky (Lipovetsky 2013), ya no está sólo deseoso de bienestar material, se convierte en un rabioso demandante de un confort exponencial, de un buscador incansable de la armonía interior y la plenitud subjetiva que se cristaliza en el florecimiento de las técnicas derivadas del desarrollo personal y el éxito de las doctrinas orientales, las nuevas espiritualidades, las guías de la felicidad y de la sabiduría. Todo ello adosado a una demanda enorme de los más modernos avances tecnológicos. Se puede meditar, ser vegetariano o comprometerse con el planeta, pero todo a través de la computadora, el internet  o una intensa comunicación vía la telefonía celular. Por lo que este hiperconsumidor se puede también definir como un tecno-consumidor.
La regla de los nuevos tiempos es cada vez más el multiequipamiento con complicados sistemas de alta fidelidad controlados por procesadores de última generación, cámaras fotográficas digitales, smartphones, computadoras, un macroequipamiento que, innegablemente, permite una relajación de los controles familiares, una mayor “independencia” de los jóvenes, más autonomía personal en lo cotidiano. En pocas palabras, prácticas de un consumismo altamente individualizado y tecnificado. Somos nostros, los únicos, los detentadores de una felicidad única, donde no es necesario el concurso de los otros, que han dejado de ser los próximos para convertirse en sombra y, en el mejor de los casos, en avatares virtuales que navegan, junto con nosotros en las sociedades artificiales de las redes, del ciberespacio.
En la actualidad los ideales de competición, iniciativa y autosuperación se imponen al parecer en este punto como normas generales de comportamiento, pues han conseguido penetrar y modificar las costumbres y los sueños. Las antiguas utopías están muertas, lo que “inflama”  la época es un estilo de existencia dominado por el “ganar”, el éxito, la competencia, el yo eficaz. Ser el mejor, sobresalir , superarse: es la sociedad democrática convertida a la religión del perfeccionismo, vector de una plenitud personal de masas. Somos una sociedad que esta a un click de la fama, de la popularidad. Hoy una foto, un pequeño texto, un video pueden ser la diferencia entre el anonimato y la gloria de tener miles y porqué no, millones de seguidores aunque en el fondo y no tan profundamente, sea tan insustancial como vanal. Aunque, hay que decirlo, hoy hay publico para todo y para todos.
Ha nacido una nueva modernidad que coincide con la “civilización del deseo, que se construyó durante la segunda mitad del siglo XX, y que se consolidó con la llegada de las computadoras personales y la ubicuidad del internet.
El siglo XXI trae su cauda de autismo, de analfabetismo funcional, de individualismo egoista, del sueño del newage y el sincretismo de las ideas cientificistas mezcladas con las supuestas sabidurías ancestrales. Se importan no las filosofías orientales, sino sus cáscaras para no indigestarnos de sabiduría,  para sólo empaparnos, no más tantito, de ritos y creencias deformadas.
Llegamos ansiosos de más y más tecnologías que nos cubran, que constituyan un muro de defensa ante una realidad abrumadora y decepcionante. La tecnología pues, se convierte definitivamente en el paliativo social por excelencia, pues todo se pretende resolver a través de ella, es la varita mágica con la que resolveremos nuestra falta de competitividad, nuestro rezago educativo, la falta de empleos bien remunerados y nuestro exilio en los grandes mercados, para ser un gran jugador en la maquila y, por qué no, en el consumo de una droga que se inyecta a través de la pantalla de cristal líquido. Se nos atasca de movilidad, ubiciudad, productividad más allá del trabajo, de la localización a cualquier hora, en cualquier lugar. Se nos enseña que podemos tener toda la información al alcance de los dedos y eso nos hace poderosos, funcionales y productivos, si ¿pero a qué costo? Fácil, hemos destruído el tejido familiar, el social y el comunitario, a cambio de ir en pos de lo que las grandes corporaciones nos han vendido: productividad, velocidad, ubicuidad.
Los gobiernos en turno ponen sus esperanzas en la tecnología avanzada, que se sigue adquiriendo a través de la corrupción, del chayo, del embute, del amiguismo, del compadrazgo. Adquiérase, pero no se use, sigue siendo la consigna, porque pensamos que esa es la regla de la modernidad.
Este es, pues, el reino del cómputo personal y del internet.
Esta revolución es inseparable de las últimas orientaciones del capitalismo dedicado a la estimulacion perpetua de la demanda, a la comercialización y multiplicacion infinita de las necesidades: el capitalismo del consumo ha ocupado el lugar de la economía de producción. En el curso de unos decenios, la sociedad opulenta ha trastocado los estilos de vida y las costumbres, ha puesto en marcha una nueva jerarquía de objetivos y una nueva forma de relacionarse con las cosas y con el tiempo, con uno mismo y con los demás.


[1] Walter Benjamin, Tesis de la filosofía de la historia, En: Samoilovich, Daniel, El libro de los seres alados, 451 editores, España, 365 pp., 2008.

viernes, 9 de octubre de 2015

La medida de todas las cosas


Palabra de lector 7

Dice Flavio Josefo, judio converso y originario de una familia sacerdotal de Jerusalén, que fue Caín, hijo de Adán y Eva, quien después de haberle dado mate a su carnal Abel, cometió muchos otros actos abominables, como el haber inventado las pesas y las medidas. “Transformó aquella inocente y noble naturalidad con que vivía la gente mientras las desconocía, en una vida plena de estafas”[1].
 Esta idea de la mentalidad primitiva, retratada en esta tradición bíblica, nos muestra que la medida se confunde con la estafa y es el símbolo de la pérdida de la felicidad idílica del hombre primitivo, es decir, proviene directamente del pecado original.

 La historia de cómo se crearon diferentes formas de medir y de pesar es harto interesante. Baste decir que era una prerrogativa de los reyes, de los señores, quienes servían de parámetro para saber cuánto debía medir, contener y pesar  el codo, el pie, el palmo, la libra, el galón y todo aquello que sirvió para darle certidumbre al intercambio comercial, darle sentido a los trazos y las construcciones, en fin a todo aquello que requiriese ser medido.

Foto: Aquiles Alexei Cantarell B.
 No es sino hasta finales del siglo XVIII (1792), cuando en Francia se propone realizar un esfuerzo único de abandonar al hombre como la medida de todas las cosas y trasladar ese derecho a la naturaleza misma. Crear una  medida que se basara en las dimensiones de la  tierra, en la longitud de uno de sus meridianos, curiosamente aquel que pasaba por la ciudad de Paris y también por Barcelona. Una medida eterna basada en el objeto eterno: la Tierra.

 En una iniciativa de la Real Academia de Ciencias del antiguo Régimen y a las puertas del caos de la Revolución Francesa, es que se decide realizar tan titánica obra, aplaudida, en un principio, por todas las naciones del mundo.

La medida, que en adelante se conocerá como Metro, es el esfuerzo inmenso de unificar todas las diferencias existentes --no sólo en Francia sino alrededor del orbe-- sobre cualquier cantidad de pesos y medidas que tradicionalmente se reflejaban en una vara, un pedazo de hierro, un recipiente o una pesa.

 Antes, tales medidas se otorgaban por los señores feudales, reyes y emperadores, y que a fuerza de largas y viejas tradiciones eran utilizados en cada país, feudo, condado, ciudad y pueblo del mundo. Lo terrible es que cada una variaba de un pueblo a otro, o estaban determinadas por el clima, la estación, el tiempo o muy diversos factores; aunque colgaran de la puerta de las iglesias, los cabildos o las casas de gobierno a “cobijo” de las inclemencias del clima y de la chusma.

 Por tanto, la idea de generar una medida única y global, basada en la diezmillonésima parte de la distancia del Polo al Ecuador, era novedosa, brillante y revolucionaria. De ahí que, gracias al trabajo de Ken Alder, autor de “La medida de todas las cosas”, nos enfrentemos con un maravilloso libro de historia que más que parecer una obra encuadrada en la Historia de las mentalidades, sería mejor ubicarla como una novela histórica, con todos sus elementos.

El autor nos traslada de nueva cuenta a una epopeya llena de dramatismo histórico y vivencial, pues los sabios (aún no considerados científicos en su época) no sólo deben enfrentar el reto físico de medir la distancia que hay de París a Barcelona, con todo lo que ello implica, cruzando montañas, enfrentando pueblos ignorantes, violentos y campos de batalla… sino que deben enfrentarlo en plena efervescencia entre el fin del Antiguo Régimen y la violenta Revolución que convierte a los habitantes de aquella Francia sumida en la pobreza, en un país donde el nuevo ciudadano sospecha de todo, duda de todo y cuya solución es simple: la guillotina.

 De esta manera, el autor sigue paso a paso la aventura de Pierre-François-André Méchain, famoso por la gran cantidad de estrellas y galaxias que descubrió a lo largo de su vida, y de Jean-Bptiste-Joseph Delambre. Ambos sabios reconocidos pero con personalidades totalmente divergentes que marcarán cada uno, con suficiente peso, el camino de esta historia.

 Por si esto no fuera suficiente, hay un factor crucial en esta gesta que pareciera diseñada y escrita por Julio Verne o Conan Doyle. La medida que en la actualidad conocemos como metro contiene un error, un error que se trató de ocultar, resolver y paliar. ¿Quién fue el culpable y cómo se resolvió si es que se logró resolver? Eso sólo lo sabrán quienes se  atrevan a sumergirse en la lectura de este emocionante libro.



Servidos.



Alder, Ken, La medida de todas las cosas, Colombia, Taurus, 494 p. 2003. Traducción de José Manuel Álvarez Flórez. Colección: Taurus Historia.



[1] Flavio Josefo, Antigüedades judías, 1, 2.2.

martes, 22 de septiembre de 2015

Kafka en la orilla

Palabra de Lector 6

Las historias. Las narraciones se construyen con los mitos. A veces son tan evidentes y ocultas, como lo quiera o pueda su creador. Las historias nos llevan a los viajes iniciáticos, a las pruebas mágicas o al enfrentamiento de los tabúes. Todo al criterio y gusto de quien suma las letras que conforman un texto y, a veces, el lector no se da cuenta de que lo que está leyendo es un viaje iniciático, su propio viaje iniciático.

Había pensado comenzar este texto hablando del gran pecado de Haruki Murakami, de la animadversión que muchos lectores intelectualizados y no tanto tienen ante su obra, lo cual lo ha convertido en un escritor de culto y, al mismo tiempo, lo alejará definitivamente de la posibilidad de ganar alguna vez el Premio Nobel de Literatura. Al menos así lo ve este tecleador.

Por alguna razón que no hemos reflexionado, la novela Kafka en la orilla, de este autor japonés, se mantuvo en los pendientes durante mucho tiempo, pese a que tiene ya un rato (publicada originalmente en 2002, en español en 2006 y considerada la mejor novela del año en 2005, por New York Times) y se convirtió, repito, sin querer en la penúltima obra de Murakami en leerse por quien esto escribe (sólo falta Hombres sin mujeres, que próximamente será consumida y las ya anunicadas pero aun no disponibles: Escucha la canción del viento y Pimball 1973, las primeras que escribió Murakami y apenas traducidas al idioma de Cervantes). Y resultó justa la espera.

Se trata pues de una obra construida sobre los grandes temas de la mitología clásica griega, pero ubicada y elaborada con la vestimenta del mundo oriental. Una treta que suele ser recurrente en Murakami y que reivindica, aunque a muchos no les guste, esta idea oriental de la convivencia de lo mágico, de lo espiritual con la vida cotidiana de los orientales.  Murakami es por ello, un escritor que raya en el realismo mágico y la ciencia ficción en todas sus novelas, y Kafka en la orilla no es la excepción.

Cómo decíamos, se trata de una novela escrita en dos escenarios. En uno de ellos se encuentra Kafka Tamura, un adolescente que huye del hogar, ahogado por el enorme peso de una profecía que ingenuamente y a toda costa pretende evitar. Por el otro conocemos a Satoru Nakata, un instrumento del destino cuya senda parece estar condenada a cruzarse con la del joven adolescente. Así, mientras uno se resiste a cumplir con su sino, el otro simplemente se deja llevar y obedece a pie juntillas las pautas que debe cubrir en este camino, con un destino trazado e inevitable. A uno se le da el potencial físico, al otro la cuestión sensorial, el ámbito de los espíritus.

Cada uno de ellos, como en las gestas griegas, se les asignan compañeros de travesía variopintos, únicos, desconcertantes pero imprescindibles para cumplir la trama. De esta manera, Johnnie Walker y el “Coronel” Sanders tienen cabida en la historia; ambos conceptos que nos remiten a las sombras que pueblan aquella hermosísima cinta de Hayao Miyasaki, “El viaje de Chihiro” y otras más. Así, las piezas de la trama se van acomodando exactamente y tal como mandan los cánones de la mitología griega.

El autor logra ir armando una serie de eventos y situaciones que obligan al lector a avanzar un poco más, para ver qué pasa cada vez que toma el libro en manos. Si bien no consideramos que sea una de las más importantes obras de este autor japonés, sí estamos convencidos de que es un excelente ejemplo del uso de sus conocimientos sobre la literatura de la Grecia clásica y un excelente ejercicio para ver qué tan duchos resultamos al identificar éste o aquel mito del cual se echa mano.

Sea pues ésta una lectura interesante de tan polémico escritor que seguramente sueña, desde la playa, no en ELLA sino en la imposibilidad de obtener el Nobel a causa de su fama.

Murakami, Haruki, Kafka en la orilla, Tusquets, México, pp. 714, 2008. Traducción de Lourdes Porta. Colección Maxi.

sábado, 29 de agosto de 2015

Voy como simple marinero… Relatos cortos de Herman Melville

Palabra de lector 5

El siguiente texto fue publicado por el portal Otro ángulo. http://www.otroangulo.info/sin-categoria/voy-como-simple-marinero-cuentos-de-melville/

La primera vez que tuve contacto con Herman Melville fue alrededor de los 11 años, en una edición juvenil (de Grolier, la Biblioteca juvenil que mi padre nos había regalado) de su gran obra Moby Dick o la Ballena blanca (que no era ballena, sino cachalote).
Él decía “llámenme Ismael” y a los dos nos llamaba el mar. A él en sus largos viajes sobre diferentes tipos de naves acuáticas, y a este escribidor en los paseos a bordo de los barcos camaroneros donde mi abuelo era maquinista, de donde emergen mis primeros recuerdos… Cuando salir al patio de la casa de los viejos significaba toparse con el mar, porque estaba ahí, a un paso de una casa terriblemente humilde, construida en la estrecha playa frente al panteón de Campeche…
Hay tal vez dos formas de entender a Herman Melville: como marino y como periodista. Porque la visión y capacidad descriptiva es quizá la riqueza más importante de su obra; su forma de abordar la narración de los cuentos (anécdotas auténticas del viejo Zack) y su amor y conocimiento profundo sobre la vida del mar, experiencia que serviría para vestir y darle vida a sus más grandes obras y tema en el que incluso alcanzaría el pináculo de su creación, con Moby Dick, El estafador y sus disfraces, Benito Cereno y su obra póstuma Billy Budd marinero.
Melville no sólo demuestra una enorme capacidad para describir el entorno de sus relatos, sino que deshoja pacientemente las capas que ocultan las verdaderas almas de todos sus personajes; basta ver la inocencia de Billy Budd o los pensamientos que atormentan los sentimientos de Ismael.
Al mismo tiempo no duda en demostrarnos que posee una enorme cultura universal, pese a no haber tenido la oportunidad de contar con estudios superiores formales, debido a la muerte prematura de su padre; tiene un hambre insaciable por la lectura y lo mismo lee de filosofía, de poesía, de historia y, por supuesto, grandes cantidades de literatura de todos los tiempos y autores.
Hay que recordar que este enorme escritor norteamericano, nacido el 1 de agosto de 1819 en Nueva York, no consiguió en vida ni fama ni fortuna. Muchos de sus relatos se publicaron de manera anónima, como sería el caso de El pudin del pobre y las migajas del rico, El paraíso de los solteros y el Tártaro de las doncellas. Y mucho otros más, no se sabe cuántos, están perdidos para siempre porque no fueron del agrado de los editores o porque su autor no los consideró suficientemente buenos para las exigencias del público lector.
Incluso su obra más conocida y referenciada, Moby Dick fue un rotundo fracaso, no sólo porque su apabullante cantidad de datos enciclopédicos sobre la pesca ballenera del siglo XIX resultaba harto chocante a los lectores, tal vez acostumbrados a lecturas más “ligeras”, sino porque la obra en su primera edición británica, la de octubre de 1851, fue una auténtica chapuza. Tuvo tan mala suerte que se lanzó al mercado en una emisión donde además de eliminar treinta y cinco pasajes cruciales para “no ofender delicadas sensibilidades políticas y morales”, se omitió por accidente el epílogo, por lo que a los lectores les llegó una historia con un narrador en primera persona que aparentemente no sobrevivió para contarla, lo que les provocó desconcierto y enojo.
Pero para quienes disfrutamos y somos fanáticos de Melville en este nuevo siglo, sus relatos se han recopilado recientemente en una edición de Alba Editores, bajo el título de Cuentos completos de Herman Melville, aunque en esta edición no se incluye Bartleby el escribiente, por no ser considerado un cuento en el sentido estricto.
Melville es el primer escritor estadounidense que niega el optimismo sobre el que se funda la idea de Norteamérica. Pone el dedo flamígero en el exceso de confianza, el poder sin responsabilidades, el orgullo cegador y la idea positiva sobre la que se teje el ideal americano; es pues, una piedra en el zapato.
Dicen los que saben que esta percepción melvilleana de los extremos peligrosos del individualismo maniqueo, gnóstico y prometeico (idea que tienen de sí mismos los estadounidenses), sólo tiene parangón en la obra de Fiodor Dostoyevski, Crimen y castigo (¿existe una analogía en lo que esconde Ahab y su ballena blanca?).
Acercarse a la obra de este autor norteamericano puede ser una tarea ardua y a veces conflictiva. No es un escritor condescendiente, es más bien un peleador callejero que denuncia los vicios y las injusticas humanas; es incómodo y difícil, pero también es uno de esos escritores referenciales de quien todos hablan aunque no conozcan su obra. Es aquel que cuando se suelta la frase “llámenme Ismael”, todo mundo sabe a qué marino y a qué ballena se refieren, aunque en su vida hayan leído el texto pero sí, tal vez, hayan visto la película, de la cual hay 10 adaptaciones según afirma la Wikipedia.

domingo, 23 de agosto de 2015

Kim o el gran juego, un acercamiento a Rudyard Kipling


Palabra de lector 4

A riesgo de cometer una barbaridad, podríamos decir que Kim es la contraparte de Mowgli (El libro de la Selva). Este último, hijo adoptivo de la selva y de los lobos, y aquel otro, el que nos ocupa, hijo de la ciudad y de lo urbano, cuya madre adoptiva resulta ser una sociedad variopinta y compleja como lo es la India del siglo XIX. Para muchos se trata de la historia más madura de este escritor de origen inglés, pero nacido en la India (Bombay, 1865- Londres, 1936).
Como se darán cuenta, no podemos evitar el comparar a nuestros escritores favoritos, así que podemos decir que Kipling sólo puede equiparase con Joseph Conrad en cuanto a la descripción con tanto ardor de la experiencia del Imperio. Ambos fueron capaces de brindar el encanto de las imágenes y la sensualidad de aquellas tierras que muchos de su coetaneos jamás podrían visitar. Los dos solían vestir, con sensual encanto, la campaña británica en el extranjero, además de sufrir con los problemas tradicionales de la domesticidad y los amores románticos.
En la novela que nos ocupa, Kim, por ejemplo, los Sahib (hombres blancos) aparecen casi como seres bondadosos, sabios y más allá de cualquier contradicción. Parecen encajar en un mundo idílico, donde el imperialismo es visto como una bendición para el escritor y sus lectores. A lo largo de su obra, Kipling no parece distinguir ninguna contradicción entre la realidad de los países colonizados --en su caso la India-- y la brutalidad del capitalismo imperialista, que presentaría su peor cara en la aventura del Congo a cargo del gobierno Belga.
La contradicción, en todo caso, viene de la mentira que anida en los hombres. Ni aun en el caso de Kim podemos atisbar una lucha ideológica entre las diferentes fuerzas en disputa, sino una lejana idea de que el mal está por ahí, en algún lugar, lejos de nuestro universo; y en el caso de que dicha maldad nos alcance será a través de los personajes encarnados por los espías extranjeros, los rusos, quienes tienen el derecho y la oportunidad de redimirse en el mundo que habita un niño de origen irlandés, criado por la cultura hindú, quien coquetea y acepta tácitamente las ideas muslmanas y quien se convierte en el guía-aprendíz (Chela) de un santo budista.
Apuntemos que cuando Kipling debe viajar a Inglaterra y debe enfrentarse a la disciplina escolar en aquella patria, queda marcado definitivamente a través de su trato con una tal señora Holloway de Southse. Relación que resultaría tan traumática que fue tema constante de inspitación en su obra: la relación entre la juventud y la autoridad hostil.
Para Kipling y su obra, el mundo es un universo de hombres. El hecho de que las mujeres acosen a Kim cuando crece, no es mnico﷽﷽﷽﷽﷽﷽ como parte del IMperio personajes de Kim, Creighton, Mahbub, el babu e incluso el Lama ven la India como la veon un más que una enorme dificultad para participar en el Gran Juego, la otra parte del drama de esta historia, aunque no la más importante.
Así que además de encontrarnos con un mundo masculino dominado por los viajes, el comercio, la aventura y la intriga, también nos topamos con un escenario célibe, donde el romanticismo común de la ficción y su consecuencia lógica, el matrimonio, son evitados, engañados o prácticamente ignorados.
Creemos que es válido leer a Kim como una de las más grandes novelas de la literatura universal, (no por algo recibió el premio Nobel de lietratura en 1907) al margen de su carga de circunstancias políticas e históricas. De todas formas no podemos olvidar sus conexiones con la realidad de su tiempo y que Kipling observó con tanto cuidado. Sin duda, los personajes de Kim, Creighton, Mahbub, el babu e incluso el Lama ven la India como la veía Kipling: parte del Imperio Británico, un mundo en conflicto que Kipling jamás percibió, simple y llanamente porque nunca ¡lo vio!; para él no existía tal conflicto.
No podemos leer Kim como un relato de aventuras de un muchacho, o como una descripción detalladísima de la vida de la India; de hacerlo así entonces no disfrutaremos la novela que Kipling escribió en realidad. Kim es una contribución fundamental a esa orientalización de la India de la imaginación, y también lo es a eso que los historiadores llamamos la “invención de la tradición”.
Que lo disfruten.

Kipling, Rudyard, Kim, Ramdom House Mondadori, España, 445 pp., 2006. Traducción de Verónica Canales. Colección Grandes Clásicos.

martes, 11 de agosto de 2015

La utopía digital





Palabra de lector 3

Durante décadas, los optimistas de la tecnología nos han vendido conciente y machaconamente un paraíso llamado Tecnoland. Lugar donde sólo a través de los programas y los fierros de alta tecnología podremos ser felices y libres.
A lo largo de más de 30 años como periodista especializado en temas de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones, nunca he escuchado ni la más mínima frase crítica sobre la tecnología. Tanto los fabricantes como sus comercializadores suelen tener una visión utilitariamente positiva sobre su actividad, su mercado y su futuro.
Ese futuro que en realidad es una ciberutopía y, en su peor escenario, un enorme ciberfetichismo que está dando al traste al tejido social y a la lucha en pos de sociedades más justas para con los que menos tienen. El optimista tecnológico está convencido de que la revolución y el cambio está a un click de distancia, sólo es cuestión de creer en ello y utilizar adecuadamente los dispositivos tecnológicos.
En su libro, Sociofobia: el cambio político en la era de la utopía digital, César Rendueles (Girona, 1975) nos llama la atención sobre este delicado tema que molestará, seguramente, a los optimistas tecnológicos, quienes empujan voluntaria o involuntariamente estos mercados valuados en miles y miles de millones de dólares.
Para el autor y para quien esto escribe, la postmodernidad acelera el movimiento de destrucción de los vínculos sociales tradicionales, tales como las historias laborales, las relaciones afectivas o las lealtades políticas. A cambio, nos ofrece una supuesta nueva forma de sociabilidad basada en las crecientes redes de contactos entre sujetos frágiles, nodos tenues pero tupidos y conectados a la aparatosa ortopedia tecnológica. Ahora se tiende a hablar de las relaciones colectivas en razón de las redes sociales virtuales, y a partir de ese tamiz se miden los acontecimientos políticos, económicos o demográficos, las creaciones culturales, etcétera. Hoy los “críticos” literarios y del arte que pululan en las redes, tienen un enorme poder a través de un click sin necesidad de poseer una preparación adecuada y necesaria. La cultura y sus críticos pasan hoy por la supercarretera del fast track.
No nos sentimos, dice Rendueles, interpelados por el doble fracaso del hipercapitalismo en el tercer mundo, porque simple y llanamente nuestras sociedades se piensan a sí mismas como un tejido reticular, al mismo tiempo sutil y denso, con vínculos sociales cuya fragilidad queda compensada por su abundancia. Internet hace  realidad la utopía sociológica del comunismo: un delicado equilibrio de libertad individual y calidez comunitaria, o al menos el espejismo que nos pueden proporcionar facebook y Google.
El Ciberutopismo es pues una forma de auto engaño. Nos impide entender que las principales limitaciones a la solidaridad y la fraternidad son la desigualdad y la mercantilización.
Dice el autor: “Pienso que Internet no es un sofisticado laboratorio donde se está experimentando con delicadas cepas de comunidad futura. Más bien es un zoológico en ruinas donde se conservan deslustrados los viejos problemas que aún nos acosan, aunque prefiramos no verlos.”Para los optimistas tecnológicos, no es necesario que se den cambios políticos importantes para maximizar la utilidad social de la tecnología. Al contrario, para ellos la tecnología tiene el potencial para rebasar los mecanismos tradicionales de organización y es, al mismo tiempo, una fuente automática de transformaciones sociales liberadoras. Una idea que tiene sus orígenes en la zona de Silicon Valley, donde se cree que las relaciones entre los artefactos no sólo están sentando las bases materiales para una reorganización social más justa y próspera, sino también produciendo esas mismas transformaciones. A falta de argumentos, su discurso se basa enla idea de que el peso social de estos trastos y sus usos, emanan una influencia “mágica” per se.
Tal vez se crea que internet es la realización misma de la esfera pública. Pero de ser así, tendríamos que aceptar que el objetivo de la sociedad civil es el porno y los videos de gatos y perros. No es anecdótico, las pruebas empíricas sugieren sistemáticamente que internet limita la cooperación, la participacion ciudadana y la crítica política; no las impulsa y, si no lo cree, sólo revise el contenido de su muro en Facebook.
Así, la participación en el entorno tecnológico es el vector que unifica la plasticidad extrema de nuestra propia identidad personal. Dicho de otra manera: miembros de facebook, uníos… para ser miembros de facebook.
Para concluir. Internet es la utopía postpolítica por autonomacia. “Se basa en la fantasía de que hemos dejado atrás los grandes conflictos del siglo XX. Y sus navegantes se imaginan que los cambios culturales y simbólicos nos alejan del craso individualismo liberal, donde el interés egoísta en su sentido más grosero era el motor del cambio social. Se imaginan un mundo lleno de emprendedores celosos de su individualidad, pero creativos y socialmente concientes. Donde el conocimiento será el principal valor de una economía competitiva pero limpia e inmaterial. Donde los nuevos líderes económicos estarán más interesados por el surf que por los yates, por las magdalenas caseras que por el caviar, por los coches híbridos que por los deportivos, por el café de cultivo ecológico que por Dom Perignon.”
Internet y sus aplaudidores de la tecnoutopía no son más que una cortina de humo, un bálsamo de irrealidad para una herencia histórica insoportable, donde la consistencia de la realidad parece violentamente excesiva. “La razón de la marcha ya no atruena, como dice el verso de La Internacional: ahora es una suave y trivial música ambiental que fluye a través de los auriculares de nuestros iPods.”
Este medioambiente del hiperconsumismo ciberfetichista nos somete a una presión brutal en sentido contrario: teclear ciento cuarenta caracteres vestidos como payasos con ropa de marca es la nueva frontera de la banalidad.

Rendueles, César, Sociofobia, el cambio político en la era de la utopía digital, Editorial Capitán Swing, España, 196 pp., 2013.

jueves, 30 de julio de 2015

El caballero de los siete reinos. Para calmar las ansias.



Palabra de lector 2

Una pequeña parte de esta nueva-vieja saga de George R.R. Martin, nueva porque apenas se comienza a publicar en español, y vieja porque se refiere a la historia 100 años antes del Juego de Tronos, ya se había publicado en otro libro, bajo el sello de la Factoría de ideas, con el nombre de La espada leal.
Si bien es anunciada en dicha edición como una novela, en realidad se trata de un relato que forma parte de los tres que conforman el libro que nos  ocupa. Hay que decir que en la edicion de la Factoría se incluyen otros trabajos de Robin Hobb, Orson Scott Card y Neil Gaiman, que hacen de este volumen una edición muy atractiva para los lectores de este género o subgénero, según sea usted de purista en esto de las categorías literarias.
Pero entremos en materia. El caballero de los siete reinos es el primero de tres libros que nos ubica en el reino del poniente 100 años antes de los acontecimientos del Juego de Tronos.
La historia reunida en tres relatos, y cuyo eje es la vida del caballero andante Dunk el Alto, nos muestra los orígenes del mundo que nos espera una centuria después y nos permite atisbar las razones o las condiciones que dieron origen a los caracteres de los personajes que nos mantienen en vilo desde el tomo 1 de la Canción de hielo y fuego. Se trata de un mundo muy distinto, menos complicado aunque igual de violento; es el apogeo de la dinastía Targaryen, de un número enorme de señores, de divisas, de encuentros de armas. Hay incluso un escudero, Egg,  que esconde un secreto y que de alguna forma dibuja las formas en que se ejerce el poder.
Digno trabajo de su autor y a esto me refiero con que mantiene el  mismo estilo ágil y directo de escritura, el texto le permitirá extrañar menos el tomo 6 de la saga literaria que, en una broma de mal gusto por parte de las televisora que la produce, la ha convertido en dos obras muy distintas, para molestia de muchos de los lectores de la historia de los siete reinos.
La idea original de los editores fue publicar todas las narraciones de Dunk y Egg en una serie de antologías, tal como se hizo con los tres primeros cuentos, para después conjuntarlas en una sola edición, pero en el momento de que se publicó el relato de El caballero misterioso quedó en evidencia que las historias eran muchas y demasiado extensas para seguir el plan original. Ahora se pretende editar una serie de libros con la recopilacis. ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ en inglrsiibro, pero desgraciadamente sidencia que las , Mctores de la Cancin a los partidarios de los wargos, los león de las aventuras de estos dos personajes.
Esta precuela resultará indispensable para los fanáticos de la obra de Martin y es un enorme paliativo para calmar un poco las ansias que carcomen a los partidarios de los wargos, los leones o los dragones que pueblan ya el imaginario cotidiano de los lectores de La Canción de Hielo y fuego.
Divíertase.
PD. Existe una edición ilustrada de este libro, pero sólo está disponible en la versión original en inglés.
Martin, George R.R., El caballero de los siete reinos, Plaza Janes, México, pp. 358, 2015. Traducción de Jofre Homedes Beutnagel.

Las guerras digitales



Palabra de lector 1

En el terreno de la tecnología, las guerras entre las grandes corporaciones rebasan por mucho las fronteras humanas; es más, éstas no existen para los grandes contendientes de la nueva era.
Desde finales del siglo pasado, los competidores ya no son los proveedores de enormes máquinas o los creadores de chips o memorias; ahora los combatientes son del mundo virtual, en el reino de lo intangible.
Así, tres de los más importantes jugadores del nuevo siglo, Apple, Google y Microsoft se enfrentan en los mercados globales, creando de forma acelerada nuevos espacios de competencia, donde los botines son millones y millones de usuarios de telcdotas﷽﷽﷽﷽n libro entretenido, lleno de  ana la cual açun no logran desentrañar y conevertir en uno mñasa sus competidores.
erneéfonos inteligentes, consumidores de música, navegadores en busca de información y obsesos de las tabletas electrónicas.
Todo ello, realizado en un universo que a veces pareciera ser paralelo a la vida cotidiana de los seres humanos, llamado Internet. Y es aquí, en este espacio, donde se pelea por miles de millones de dólares; es donde se juega el futuro de la tecnología y el destino de los seres humanos, o mejor dicho los consumidores vistos como proveedores de dólares en beneficio de estos tecno-Estados virtuales.
En su libro, Las guerras digitales, Apple, Google, Microsoft y la batalla por Internet, Charles Arthur, periodista especializado en tecnología, nos deja claro que el presente y el futuro tecnológico están en las manos de unos cuantos empresarios “iluminados” por una aureola de genialidad y  poco interés por el impacto que sus decisiones tienen en el ciudadano común y corriente. Para el autor y sus personajes, lo que importa es cómo, cuándo y dónde se puede ganar dinero. Una visión típica del pragmatismo norteamericano y sus voceros.
El libro nos habla sobre la forma y los caminos que siguieron Gates, Jobs y demás empresarios (visionarios, dirían los optimistas tecnológicos) para desarrollar tecnologías, generar dependencias emocionales, laborales, culturales y sociales, y derrotar o sacar de la jugada a sus competidores.
El autor también dedica un buen espacio a ese enorme filón de riqueza que signica la China actual, el cual aún no se logra desentrañar y convertir en uno más de sus mercados.
En fin. Se trata de un libro entretenido, lleno de  anécdotas (al estilo del periodismo norteamericano) , de declaraciones candentes que harán las delicias de los optimistas de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones.
Se trata de un volumen que puede leerse por cualquier persona que esté medianamente interesada en este tipo de temas tecnológicos, posea un poster de Bill Gates o Steve Jobs en la cabecera de su cama o, en todo caso, trate de entender cuál es la visión norteamericana sobre la tecnología actual y hacia dónde nos encaminamos como entes consumidores de este mundo hipertecnificado y hedonista.

Arthur, Charles, Las guerras digitales, Apple, Google, Microsoft y la batalla por Internet, Editorial Oceano, México, pp. 287, 2015. Traducción de Enrique Mercado.

domingo, 25 de agosto de 2013

Catálogo 25





















La cueva sagrada 5.
Acrílico sobre tela.
110 X 125 cms.

domingo, 21 de julio de 2013

Catálogo 24




















Cielo
Acrílico sobre tela.
120 X 150 cms.
























El gran monstruo de la tierra se erige.
Acrílico sobre tela
46 X 61 cms.